Hola amigos:

Espeleo50, es un colectivo de espeleólogos con mucha experiencia y federados en la FME.

Somos ya un poco maduritos, pero todavía con ganas de guerra.

Ahora ya podéis seguir nuestras nuevas aventuras en este blog.

Un saludo,

Espeleo50 team

13.7.09

No cave – no frost

(14/6/2009)

Encuadre la intensa mirada de Marta-Ojosazules y dispare la cámara. Elegí como telón de fondo el bosque de hayas y sus pautas de luz y sombra arrojando algo de frescor. Me gusto el resultado, y repetí el experimento con Eva-Ojosverdes y con Izaskun-Ojoscastaños. Miguel, rápido, se adelanto bosque arriba para vencer al calor. Descubrí que nuestras sombras nos seguían de cerca en los claros del bosque. Improvisando allí mismo, Manu cantaba novedosas canciones.

Al principio hablamos de asesinatos de animales de laboratorio. De cerdos rajados y vueltos a coser en las prácticas de cirugía. De perros y gatos atrapados en redadas por un gitano, que luego los vendía al laboratorio. En algún momento intermedio hablamos de la sombra y la claridad. Incluso hubo un atisbo de análisis freudiano. Al final hablábamos de películas. Marta acabo apuntando una lista con las que le íbamos recomendando. Todos parecíamos contentos aunque, quizás, algunos no se sentían del todo satisfechos. Tampoco puedo estar seguro de esto último.

Por la mañana -al reunirnos- estuvimos indecisos. La niebla estaba muy cerrada en la zona costera. Barajamos la posibilidad de ir a la Cueva de los Tocinos. Optamos por subir Alisas y tomar la decisión en función de lo que nos encontrásemos allí. Las nubes se rasgaban a unos 500 metros de altitud y se intuía un mar de nubes que llenaba todos los valles. Bajando a Arredondo volvimos a penetrar en las nubes. De subida a los Altos del Asón vimos los preparativos de las fiestas. Un castillo inflable ocupaba la mitad de la calzada en el último pueblo.

Cerca del collado de Brenavinto abandonamos los coches. El tiempo no era fresco, pero soplaba una suave brisilla. Bajo el bosque de hayas resultaba agradable. La pista de Saco estaba llena de lodazales acribillados por la pezuñas del ganado. Caminar requería una atención mantenida para no meter el cuezo en un hoyo lleno de barro. Señalizada por un cartel que indicaba a Cerrillas, la senda al Albeo no estaba mejor que la pista. Agradecimos entrar en los prados con árboles y cabañas. Paramos en una que tiene fuente y abundante sombra. Apetecía quedarse allí, sin más, charlando y dormitando. Tanto nos gustó que Miguel y Manu empezaron a acariciar la idea de pasar una semana en una de las cabañas. Vi la oportunidad y les hablé de volver a la exploración del Sistema del Carrio en un futuro próximo.

Muchas yeguas tenían potros jóvenes en las praderías del Asperón. Por fin nos asomamos al Barranco de Rolacias. El mar de nubes mitigaba la vertiginosa impresión de caída en picado. La senda del Haza tras el Albeo estaba como siempre. Por suerte la hierba no era demasiado larga y permitía seguir la traza. Nada más llegar al aplomo me encaramé hacia la boca de la cueva para evitar pensar en lo impresionante que es el lugar. Eva no quiso subir. No veía seguridad en el asunto (las tres o cuatro veces que he estado en la Cueva de Francoise puse una cuerda quitamiedos para agarrar con las manos; las personas que venían en ningún caso eran espeleologos o gente acostumbrada a esos avatares) En esta ocasión la cuerda, de treinta metros, quedaba muy por encima del nivel de la senda. Había que subir trepando por la hierba, un poco, hasta alcanzarla. Izaskun y Marta se quedaron con Eva. Manu y Miguel me siguieron. Quedamos en vernos en la cabaña bucólica.

Un minuto más tarde empecé a tener frío. Casi me congelo. Fuera se seguía sudando sin remedio. No-cave, no-frost. Me costo un esfuerzo despojarme de la ropa playera para forrarme con el mono. Como la cueva es laberíntica me arme de topo en mano y fuimos recorriendo galerías y más galerías controlando la posición hasta alcanzar la zona oeste. La formas redondeadas y blancas, en general amplias y seductoras, apenas nos mancharon. Una cueva limpia de verdad. En menos de una hora y sin darnos cuenta nos encontrábamos al lado de las otras dos entradas que marca la topo. Percibimos aire caliente entremezclándose con el frío. Una gatera estrecha nos puso en la ladera de nuevo. La travesía divertida y perfecta. Como puntos en la lejanía divisamos a nuestras tres amigas, de negro y con sus sacas amarillas.

Con menos dificultades que a la subida bajamos hasta la senda y, volviendo hacia el este, nos colocamos bajo la primera entrada. Manu subió alegremente a recoger la cuerda y el resto de nuestras pertenencias. Ahora ya de bajada volvíamos dejándonos rodar por las praderías del Asperón, mientras las yeguas nos observaban con recelo. Ningún obstáculo se perfilaba en nuestro horizonte vespertino. Poco después nos reuníamos con las tres chicas, bajo la sombra de los fresnos, junto a la fuente. Más tarde los coches -que nos esperaban con paciencia metálica- se dejaron comparar sin protestas. Manu aseguraba que el VW Golf, rojo, de Marta era un coche inmejorable. A mi en particular me encantaba la tapicería de cuero negro que forraba los asientos. Me acomodé atrás para dejarme llevar por la conductora Marta. Dentro el olor era penetrante. Nos cruzamos con la Guardia Civil bajando del Mirador del Asón. Luego nos quedamos tomando refrescos, cervezas, rabas y cascadas en el bar Coventosa. Era mi Santo. San Antonio es un santo ideal. Supergüai como dirían ahora.

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