Hola amigos:

Espeleo50, es un colectivo de espeleólogos con mucha experiencia y federados en la FME.

Somos ya un poco maduritos, pero todavía con ganas de guerra.

Ahora ya podéis seguir nuestras nuevas aventuras en este blog.

Un saludo,

Espeleo50 team

27.10.09

Cueving - Paso Clave

Paso Clave (17/10/2009)
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Teníamos previsto entrar el sábado 17 a la Red del Gándara por la Cueva de Bustalveinte para sobrepasar el punto más lejano conocido por nosotros y, con un poco de suerte, alcanzar la Sala Catalana. Pensando en ir bien acompañados Miguel y yo invitamos a todos nuestros amigos de Espeleo50, quienes se disculparon afablemente por su imposibilidad de asistir a tan atractiva actividad. También invitamos a nuestros amigos Miguel, Julio y Manu del SCC y además invitamos a Oscar del Tajahierro. Solo pudo acompañarnos Manu.
Los días anteriores habían sido fríos. Al amanecer del viernes el termómetro marco tres grados centígrados y lo mismo ocurrió el sábado. La cita era a las nueve en el puerto de Lunada. Nos recibieron cuatro grados centígrados, nubes rasantes y un fuerte viento del nordeste. Resultaba de lo más alentador. Rebuzné -o aullé- para hacer más soportables los preparativos. Luego me embutí en una chaqueta de forro polar más un anorak, pensando en quitarme alguna capa más tarde, pero no me sobró nada en ningún momento. Además me encasquete un gorro de fibra polar.
El frío había borrado del entorno muchas señales de vida. No teníamos a la vista ganado, ni se escuchaban en la lejanía los típicos campanos. Me vi sumergido en una oleada de pensamientos sobre el sol, el sur y la placidez. Para probar suerte -acortando la aproximación- Miguel, seguido por Manu, fue por una senda que se desviaba a la derecha subiendo suavemente. Me alcanzaron llegando ya a la boca y les retuve unos instantes más para retratar el frío en sus miradas.

Había llevado una saca grande y un plástico de basura para poder volver limpio al coche. A la salida metería dentro de la bolsa todo lo embarrado incluyendo las botas. En cuanto estuve listo me precipité al interior de la cavidad. Comparado con el exterior me pareció un sitio templado y acogedor. A los dos minutos me alcanzo Miguel y juntos esperamos sentados a Manu. Paso el tiempo y comencé a inquietarme. Al poco Miguel, más voluntarioso que yo, salió a buscar a Manu. No estaba en el porche de la cueva pero era imposible que se hubiera perdido al entrar: no había ninguna bifurcación. Además Manu ya había estado aquí una vez. Empezamos a pensar si se habría caído al precipicio. Volvimos al porche los dos. Miguel se metió por otra oquedad -más a la derecha- e increíblemente se encontró con Manu reptando de vuelta. Gastamos media hora en este divertido lance.
Silenciosos, pero bien concentrados, nos sumergimos en el accidentado curso del Río de la Conjugaison. Intentaba memorizar todos los pasos. Se trata de una sencilla economía energética. El conocimiento preciso del camino hace gastar menos fuerzas en inútiles movimientos. Nada que no sepa cualquier espeleólogo. El leve buzamiento del estrato de arenisca basal -oscurecida y pulida por el agua- ahorraba esfuerzos también. Deslizamientos sobre el culo y cuesta abajo con estilo tobogán nos ayudaban a progresar adecuadamente. No podía ocultarme a mí mismo que sentía todo éste recorrido como un mero trámite necesario para poder acceder a las hermosas galerías del sector W en la Red del Gándara. Pero no teníamos otra opción mejor, ya que la entrada por la Cueva de Calígrafos tiene peor fama todavía
A su mitad el Río de la Conjugaison tiene un desagradable paso en oposición que desfonda lo suficiente como para partirse algún hueso. Esta vez me quite la saca para pasar (a la vuelta Miguel me señalo un paso alternativo por debajo de un bloque) Pensé que si no hubiera cierta prisa, ni horarios, ni tampoco la necesidad de llevar peso el itinerario podría resultar ameno. Pero el caso es que llevábamos una saca que, aunque ligera, se notaba. Comida, agua, todo el equipo para verticales, cámara fotográfica y trípode y una bolsa con elementos de seguridad, orientación y repuestos. Así pues sentí un gran alivio al sobrepasar la última zona agaterada del río y llegar a la confluencia con un afluente que marca claramente el comienzo del sector con galerías cómodas.

Manu dejo caer como si nada que tenía hambre. Era bastante temprano y tanto Miguel como yo pensamos que para la media hora larga -menos de una hora con seguridad- que nos quedaba hasta la Sala de la Sardine à Grosse Tête merecía la pena aguantar un poco más. Con la ilusión de sentarse a una mesa con unos buenos bocadillos aceleramos el ritmo. Encontramos más señales que otras veces, -flechas de tizne groseramente marcadas sobre paneles impolutos o pequeñas tarjetas plastificadas-. Algunas de ésas flechas nos parecieron innecesarias. Surgió la duda de si quizás no fueran responsables los exploradores franceses, dado que ellos conocen bien la ruta y que el rastro principal resulta evidente.
Las grandes dunas que preceden a la Sala de la Sardine son increíbles. Se tiene la impresión de estar llegando a un centro neurálgico del sistema. Se trata de un lugar acogedor y magnífico para dormir. El único problema es que a este lugar se accede con el mono exterior mojado y con el interior húmedo por las arrastradas del Río de la Conjugaison. Así, al cabo de quince minutos no resulta cómodo seguir quieto allí. Pero con un poco de paciencia -y teniendo a mano ropa seca de repuesto- puede convertirse en un cálido hogar para una estancia de casi una semana, como suelen realizar los exploradores del SCD varias veces al año.
Como en todas las ocasiones en que hemos visitado este remoto lugar, el vivac 4 estaba preparado para recibir a los exploradores en cualquier momento. La instalación de hamacas y todo tipo de pertrechos -incluidas pequeñas planchas de aislante para conservar el culo caliente al sentarse sobre las húmedas piedras- hacen de la Sala de la Sardine un sitio perfecto como base de exploraciones en el sector W. Además un riachuelo hiende la sala por un hundimiento de pocos metros permitiendo repostar agua de una forma cómoda.

Para conseguir secar la ropa en poco tiempo -a base del propio calor que generas- tienes que moverte. Y eso es lo que nosotros hicimos en cuanto acabamos de comer.
Más al norte de la Sala de la Sardine tomamos un río -similar a otros muchos ríos de este sector- orientado hacia el este. A una distancia que podríamos estimar como medio kilómetro alcanzamos una confusa confluencia de galerías que nos llevo por la izquierda a una sala goteante. Primero miramos un estrecho meandro ascendente que se complico. Aguas abajo llegamos a una sala arenosa con extrañas formaciones adosadas como pólipos a un techo extenso y plano. Miguel continuo por laminadores al nivel del techo hasta llegar a una sala muy grande con hermosas formaciones y unas pocas huellas perdidas. Yo mire el meandro por el que seguía el río hasta que se estrecho demasiado y Manu estuvo por un meandro paralelo que continuaba... Miguel abogaba por explorar la sala que había encontrado. Pero en el fondo ninguna de las opciones nos pareció prometedora, principalmente por la falta de rastros claros. Después de una reunión en cónclave en que sopesamos las opciones que se nos presentaban optamos por volver al meandro ascendente que ya habíamos mirado.
Tras el paso de un bloque cabalgando sobre un desfonde y una revuelta por detrás de otro bloque enorme, la galería se resolvió en un cómodo conducto que nos llevo en pocos minutos a una sala alargada. Más allá de ésta la galería continuaba y aunque se observaban opciones variadas el rastro principal no era difícil de seguir. Después de varias escaladas y destrepes y de unas gateras desembocamos en una sala enorme ocupada por bloques con una pátina de barro blanco. El rastro, que atravesaba la sala hacia el norte, era muy fácil de seguir en esta zona. Nos condujo a una gatera mínima. Al otro lado de la gatera nos esperaba otra sala de dimensiones medianas -cincuenta metros de diámetro máximo quizás- y repleta de bloques. Sobre unos bloques lejanos al borde de la sala Miguel localizo tres flechas de tizne que indicaban el comienzo de una larga serie de estrecheces entre bloques por debajo ésta.
Evidentemente habíamos llegado al paso clave de la Sala Catalana del que tanto hablan los informes del SCD. La bajada entre bloques es verdaderamente compleja. Solo se sigue medianamente bien gracias al rastro de los espeleólogos que han pasado y a alguna flecha de tizne. Abajo se alcanza una galería pero las estrecheces laberínticas no acaban. Primero hay un inquietante zigzagueo E-W-E que nos lleva a un río repleto por un caos de bloques. Este caos también se pasa gracias a los rastros dejados por los exploradores, aunque no es tan complicado como el de la Sala Catalana. Al final del caos emergimos al último lugar alcanzado por nosotros -desde Río Viscoso- en la última estancia. Habíamos cumplido el objetivo propuesto para esta incursión. Ahora faltaba salir de la cueva y volver al coche.

Pasaban de las cuatro cuando comenzamos la vuelta. Como sabía lo que nos esperaba no tenía demasiadas ganas de parar a hacer fotos. Sin embargo hice unas cuantas. El objetivo de la Lumix no se cerraba bien debido al polvillo acumulado. La ruta hasta la Sala de la Sardine y luego hasta el Río de la Conjugaison fue amable con nosotros y aunque nos sentíamos ya algo cansados no nos desgasto excesivamente. Los problemas empezaron en el Río de la Conjugaison.
Poco a poco el leve ascenso y las arrastradas en subida suave iban haciendo mella en nosotros y nos obligaban a parar de vez en cuando. Prefería no pensar demasiado. El asunto era que íbamos a salir de noche cerrada y no sabíamos si con niebla o lluvia. Aunque intente poner el turbo no funcionaba en esta ocasión. Me sentía verdaderamente muy cansado. Quizás debido a las dos semanas de catarro que arrastraba. De cualquier forma hay un punto en el que se acaban las arrastradas con barrillo y ya solo tienes que ir a gatas, en cuclillas o agachado. Saber que va a ser así, aunque falte casi media hora, es muy consolador. Los últimos metros hay que arrastrarse por una gatera arenosa cuesta arriba y me costaron tanto que casi salí de mal humor. Necesitaba espacio a mi alrededor.
Mire hacía el exterior desde el porche de la cueva y solo percibí niebla. Me concentré tercamente en ordenar todo dentro de la bolsa de basura -que a su vez iba dentro de la saca grande- y en colocarme ropa de abrigo. Cuando acabe la tarea volví a mirar hacia el exterior y vi algunas estrellas entre la niebla. Me cambio el talante de golpe. Miguel había perdido un calcetín sucio y volvió a vaciar la saca para buscarlo. Le dije que si estaba dentro no merecía la pena vaciarla y que si estaba fuera tampoco... pero...
Con la niebla aligerada y los perfiles de las montañas marcándose comenzamos el ascenso hacia el collado. Se me hizo muy largo, casi seguro que debido al cansancio. Sin embargo me fui relajando al sentir que era un esfuerzo trivial en comparación con las arrastradas. Además el paisaje nocturno era maravilloso. Las luces de la base militar dominaban hacia el sur el valle de Bustalveinte. Más allá del collado el leve descenso hacia Lunada se hizo agradable. Casi tocábamos la comodidad y el calor de la calefacción del coche.

Hicimos las llamadas pertinentes para confirmar el OK y nos despedimos de Miguel. Eran más de las diez. En total trece horas de actividad. En el descenso de Lunada puse música y decidimos parar a cenar en San Roque. Pero según íbamos bajando comprobamos que los restaurantes de los pueblos no estaban para dar cenas de sábado. A la altura de Liérganes habíamos perdido el interés. Al menos yo. Cuando llegamos a Solares solo me interesaba una ducha caliente o, mejor aún, una bañera de agua hirviendo. Sin duda había perdido mucho calor en esta jornada.
Se cumplía una etapa en nuestro conocimiento de la Red del Gándara y, por otra parte, se habrían nuevas perspectivas y posibilidades.
El tiempo dirá que sorpresas y maravillas nos esperan en esta hermosa cavidad en un futuro cercano...

Gandara - Stubborn Inlands

Stubborn Inlands (2)
(25/9/2009)

El jueves envié a Julio y Manu un mensaje para informales de nuestra entrada inminente en la Cueva del Gándara para una permanencia de fin de semana. Julio ni me respondió, pero Manu tenía compromisos y sintió no poder venir. Miguel había quedado conmigo para estas fechas desde hacía un tiempo. Mientras tanto Mavil nos esperaba por los altos del Asón disfrutando la realidad del clima cántabro. Algo bestial.

Tierras tercas. Stubborn Inlands. Durante toda la semana soñé con la mágica cualidad de ese lugar privilegiado. Ahora era viernes por la tarde. Miguel parecía preocupado por la evolución de la crisis económica y, particularmente, por su deseo de emigrar hacia tierras cántabras. Sus análisis políticos conseguían sacarme del mundo de sombras y luces sesgadas, que creábamos al avanzar, iluminando desigualmente los rincones, en la Galería de Cruzille. A Mavil le pesaban los más de treinta días que llevaba acampado en los Altos del Asón, sin más compañía que los bichos y las, en perpetuo cambio, nubes del valle. Era mucho tiempo solo. Un día se presento en su campamento un guardia rural que le apremio para levantar la tienda antes del atardecer. El estrés que le causo ese incidente hizo que se olvidase, ese día, de mandar el sms de aviso de entrada (y confirmación de salida) al Sistema del Mortero de Astrana. Por suerte el rural era inteligente y, para evitar crear problemas estúpidos, no volvió a presentarse por la zona. Por suerte a Mavil no le ocurrió nada en el Mortero de Astrana.

En la galería de las Alizes nos habíamos cruzado con cuatro jóvenes del grupo Niphargus procedentes de la Sala del Ángel. En el extremo sur de la Sala repostamos agua. Mi equipaje engordo unos 4,5 kilos en cinco minutos. Fue la decisión correcta ya que en los alrededores del vivac 1 pudimos constatar que no corría ni una gota.
Sábado. Ese era el día esperado. Quizás, con suerte, alcanzaríamos un lugar conocido por nosotros en el sector oeste de la cavidad. Me había comprado una brújula nueva para interpretar bien las señales. A pesar de la excitación que generaban las expectativas para el sábado, conseguí dormirme. El reloj no sonó. A las ocho, aburrido de estar despierto dentro del saco, pregunte la hora. A las nueve dejábamos el campamento rumbo a río Viscoso, vía la Sala del Gran Pozo.


(26/9/2009)

Transitábamos por una hermosa galería. Llevaríamos unos dos kilómetros por ésta. Un gran arenal de grano intermedio (de 0.5 a 1 mm) formaba una larga pendiente. Me recordaba una duna. Una duna en un gran desierto subterráneo. Pasamos junto a un envoltorio con forma de telaraña hecho de pelos de yeso. En su interior se podía observar un insecto alado de buen tamaño. Solo pudimos sentirnos estupefactos.
La galería giro netamente hacia el NE. Un kilómetro más allá alcanzamos un desfonde. Bajamos unos 70 metros aéreos con un solo fraccionamiento. El cañón en el que nos encontrábamos ahora seguía un rumbo sinuoso que variaba entre el W y el N. Unos veinte minutos de tránsito, complicado por los cambios de nivel, nos arrojaron en una sala alargada en la que desembocaba un río desde el W. El río ocupaba el fondo de una grieta de unos cinco metros de profundidad y medio de anchura. Avanzando más, por una marcada senda en el suelo arenoso, encontramos un vivac. Un vivac acogedor que pudimos identificar como el número 3 de los informes del SCD. Allí nos sentamos y disfrutamos de bocadillos y tranquilidad. Hice unas cuantas fotos.

En el extremo norte de la sala tomamos una galería muy encañonada que giraba bruscamente hacia el W. Las dificultades eran mantenidas. Sobre todo pasos entre bloques. Unos doscientos metros más adelante descendimos hasta el lecho de un río sobre areniscas oscuras. Era el Viscoso. Quizás anduvimos medio kilómetro hasta que un caos de bloques nos cerro el paso. Una cuerda invitaba a ascender. Unos veinte metros más arriba el camino discurría entre canchales de enormes bloques recubiertos por una pátina de barro deslizante y pegajoso.
Tras unos trescientos metros con esta tónica, una desagradable y difícil instalación nos permitió volver al lecho de areniscas del Viscoso. De nuevo se presentaban dificultades mantenidas. Laminadores, gateras, caos de bloques -que se resolvían dando vueltas-, destrepes y trepadas, desfondes muy delicados, zonas estrechas o zonas bajas que impedían ir erguidos. Ese fue el paisaje que nos acompaño a lo largo de -es una estimación- unos dos kilómetros.
Luego empezaron las dudas. Seguimos el viento de cara y fuimos a dar a una galería amplia. Un caos de bloques la obstruía hacia el W. Miramos durante dos horas todos los pasajes de la zona y forzamos -a través de gateras marcadas de forma mínima- el caos de bloques. Calculamos que estábamos muy cerca de la Sala Catalana.

A las seis comenzamos la vuelta. Teníamos la sensación de estar muy lejos de nuestro campamento y de que íbamos a desgastarnos bastante durante la vuelta. Hubo un momento -como a las once y cuarto de la noche- en la que pusimos el turbo. La cruda realidad fue que tardamos algo más de seis horas en hacer el camino de vuelta al campamento. Exactamente a las doce y ocho minutos, tras más de quince horas de ardua jornada, pisábamos su suelo terroso. Me tomé tres sopinstant, media barra de pan con leche condensada e inmediatamente me metí en el saco.


(27/9/2009)

Dormimos profundamente hasta las siete y media. El desayuno lo hicimos con un talante de buen humor alrededor de la mesa -fabricada con una gran losa de piedra- y con velitas que daban una luz más cálida que los leds. A las nueve ya habíamos hecho los petates y ordenado el depósito. Y a las doce, tras una tres horas que nos tomamos con bastante tranquilidad, pudimos comprobar que el sol seguía iluminando y calentando el mundo exterior.

Nos cambiamos rápidamente. Bajamos a recoger mi coche en La Gándara, cargado con todos los bultos de Mavil. El lunes cogía un vuelo hacia Alicante. Para celebrar su estancia en las tierras de Soba nos invito en Ramales a un almuerzo. Cayeron unas cervezas con varias raciones. Fue un momento delicioso. Toda la tensión, la concentración y el esfuerzo mantenidos los días anteriores se transformaron en una exquisita sensación de disfrutar el instante.
La despedida nos convocó a próximas permanencias en la Red del Gándara. Para Mavil quizás iba a transcurrir un año sin volver al Norte. Quizás para entonces fuera una realidad la posibilidad de una travesía de esta cavidad...

Terquedad - Stubborn Inlands

Stubborn Inlands (5/9/2009)
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Ni Manu, ni Mavil, ni Julio, ni Antonio tenían idea de lo lento que iba a ser el descenso de la Torca de la Sima. En realidad al principio todo fue sobre ruedas. Incluso podríamos decir que nos sonreía la fortuna. De solo formar una pareja solitaria habíamos engrosado a un cuarteto dispar. Pero esto sucedió a últimas horas del viernes. Bueno, a la hora fijada, el sábado en Solares, ya empecé a estresarme y a estresar al personal. Pan y embutidos en la carnicería y Julio preguntándome si lleva nectarinas para postre. Al final sería pasta de nectarinas con migas de pan…
Dos coches, uno en donde siempre, para la Cueva del Gándara, y otro por la carretera de La Sía y la pista al Hondojón para acercarse a la Torca de la Sima en 15 minutos. Arándanos, robles y helechos alrededor del hermosón agujero. Una bajada decorada con paredes lisas: estratos de caliza como espejos pulidos.
A medio camino del primer pozo (150 metros) un fraccionamiento corto me obliga a cambiar el nudo y a utilizar el puño. Más abajo sustituyo un desviador a un canto empotrado por un fraccionamiento. Un piedra avisada me pasa rozando a 40 metros por segundo. Un instante antes construyo un túnel en el vacío universal por el que se solidifica mi voluntad de que la piedra no me toque. Con el estrés me cago en los muertos de todos los presentes a moco tendido y groseramente.
Me calmo al tocar fondo en el primer pozo. Para relajarme preparo un par de fotos mientras espero a mis compañeros. Y luego el segundo pozo requiere de nuevo atención a las piedras sueltas de las repisas. Bajo al máximo de velocidad para conseguir minimizar el riesgo de pedrada. La cuerda continua por un último resalte resbaloso que desemboca en una salita húmeda.
Continuamos por una galería estrecha y una gatera que da a una sala. Más allá siguen una sucesión de salas chiquitas y gateras que nos llevan a una ratonera. Mavil nos guía de nuevo hacia atrás y acierta con la trepada que resuelve el tema. Difícil, y requiere una cuerda de seguro. Siguen más trepadas, un corto tramo horizontal y un destrepe… y estamos –más o menos estresados- en el Pozo de las Hadas. Hemos tardado bastante más de lo previsto. Julio quiere salirse por el camino usual pero no le dejamos. Entramos en la Sala del Ángel y allí decidimos que en vez de avanzar hacia zonas remotas, mejor nos quedamos hurgando por algunas galerías más cercanas a la entrada de la cueva.

Es la tercera vez que vuelvo a esta bella galería. Me he propuesto reconocerla a fondo sin perderme ninguna continuación. Machaco a mis compañeros en hacer honor a los exploradores franceses que han marcado una estrecha huella para pasar y no como hacen los españolos de m... (dicho francés) que lo pisotean todo por doquier. Primero nos vamos hacia el ramal este. Colocamos una cuerda en el resalte que nos paro la otra vez que estuve aquí. Lo bajamos y hacemos una parada en su base. Allí mismo calmamos el hambre con unos bocatas. Continuamos hacia el este hasta llegar a una obstrucción por bloques. De ésta se escapa por unos infinitos laminadores hacia el sur. Los reconozco de la ocasión en que Miguel y yo los alcanzamos por el otro lado...
Hacia el oeste volvemos a recorrer una zona desfondada recamada primorosamente de cristales, pequeños gours, nidos de pisolitas, coladas y formaciones clásicas. Lamentablemente Julio se queda descansando y se pierde esta bonita zona. Después de dos arriesgadas escaladas realizadas por Mavil y de hurgar duramente por todos lados nos dejamos convencer con la idea de que lo hemos visto todo. Pero la topo del BCE16 muestra claramente una larga galería paralela a la de Cruzille y al sur de esta que parece emerger de la misma zona. Sabemos que se nos está escapando algo importante... en esta terca Red del Gándara.

Desde el balcón sobre el Río Gándara contemplamos fascinados las aguas que exuda el sistema cárstico y la enormidad del valle que ha tallado. Me produce la impresión de ser la surgencia principal de esta zona de Cantabria a pesar que el nombre del río que llega a la costa sea Asón. Algo me dice que la Red del Gándara aún guarda muchos de sus secretos a sus exploradores franceses. Nos vamos al restaurante de al lado del súper y nos ponemos moraos de comida y vino. Algo bestial.


(12/9/2009)

Obsesionados por los remates, Mavil y yo volvemos el sábado, 12 de septiembre, por la mañana a la Cueva del Gándara. Esta vez serán dos días. No podemos quitarnos de la cabeza la galería del sábado pasado ni, tampoco, la de la Myotte. Pero las cosas no se nos ponen fáciles precisamente.
Nuestro primer cartucho no es desde luego mirar en algo nuevo. Llovemos sobre mojado. No conseguimos lo que buscamos pero como consuelo descubrimos una galería no hollada por nadie en la Red del Gándara. Cierto que no es nada sorprendente encontrar galerías vírgenes en una cueva llena de rincones y con más de cien kilómetros explorados. A nosotros nos hizo mucha ilusión. La galería, semejante a una pequeña fracción de la Red de los Parisinos de Cueva Fresca, nos llevo hasta un final en forma de diaclasa, estrechándose progresivamente en un desfonde (para los que no conozcan la Fresca, la Red de los Parisinos es un laberinto tridimensional con formas redondeadas y dimensiones modestas)
El segundo cartucho en la búsqueda desesperada de continuación de la galería bonita nos condujo a una gran sala, con cristalizaciones por doquier, llenando las paredes, las superficies de las piedras, las rendijas, la arena blanca de los suelos... Le dimos la vuelta a la sala mirando por todos los rincones que se nos ocurrió. Y visitamos tres hundimientos entre bloques. Aparentemente muy prometedor todo, pero nada de nada después. Solo una galería secundaria llena de arena blanca y una capillita con goteos y formaciones nos gratifico ligeramente. Además Mavil se marco una escalada a una galería colgada. De cualquier forma nos lo pasamos bastante bien. Aún no estábamos desesperados.
Los primeros doscientos metros de la Galería de Cruzille fueron la base para quemar nuestro último cartucho. Comenzamos mirando los rincones en las partes bajas. Eso no dio ningún resultado. Luego observamos una galería colgada a la izquierda. Su recorrido, antes de volver a Cruzille, fue de apenas cincuenta metros. Unos cien metros más allá -y a la izquierda- volvimos a subir a una galería colgada. Nos empezamos a emocionar cuando percibimos un soplo evidente hacia el este. Después de un sector de buenas dimensiones la cosa empezó a ponerse estrecha, pero, simultáneamente, el soplo se iba poniendo violento. Esto me entusiasmaba, pero llegué a una zona sin huellas –efectivamente virgen- y tan estrecha que me hizo pensármelo dos veces antes de seguir. La perspectiva de encontrar algo nuevo y grandote me dio alas para seguir arrastrándome como un gusano entre cantos afilados. ¿Cómo levitar en una gatera? Respuesta: ir a la galería chunguita que estábamos explorando. Mavil necesito de algún estímulo por mi parte para seguir adelante. Finalmente bastante gatera más allá llegamos a un pequeño ensanche –llámese salita- en el que no había posibilidad ninguna de continuar adelante. El aire se escapaba entre bloques medianos al fondo del conducto. Se escuchaba un ruido difuso. Agucé el oído en el fondo final y percibí, con gran sorpresa, el fragor amortiguado de la cascada de la Sala del Ángel.

Habíamos quemado la ración de cartuchos del día asignada a buscar la galería paralela a Cruzille. Me sentía –quizás nos sentíamos- frustrado y cansado. Muchas horas de varias jornadas diferentes dedicadas a esta tarea, sin éxito hasta el momento, solo podían ser mitigadas por las pequeñas galerías vírgenes que habíamos recorrido hoy. Recogimos nuestros petates y nos deslizamos meditabundos hacia el vivac I. Llegamos antes de las ocho y hasta las nueve me dediqué a comer sistemáticamente infusiones, sopas, callos, puré de patatas, pan y postres. A pesar de mis ofertas Mavil se comió de forma espartana unos bocadillos y alguna barrita energética. A las nueve estábamos en el saco y proyectábamos levantarnos a las seis.


(13/9/2009)

Dormí intermitentemente aunque no tuve frío. Para no caer en el mismo error que otras veces me había agenciado unos patucos de lana y una funda de goro-tex para el saco. Mis antiguos patucos de pluma quedaron olvidados o birlados en el vivac de Titanes de Garma Ciega. A las cinco y media de la mañana Mavil me pregunto la hora. A las seis y media estábamos levantándonos y a las siete y media salíamos del vivac rumbo a la Sala del Gran Pozo.
El informe de abril del 2009 del SCD -puesto en su página web- muestra una foto de un pasamanos en la Galería de la Myotte y ubica esta galería cerca del vivac V. Por un informe muy anterior sabíamos que la Myotte es una galería larga e interesante. El informe de abril también muestra el vivac V, muy cercano a la Sala del Gran Pozo, y la galería del Coccyx. En una de las jornadas de la anterior permanencia habíamos conseguido encontrado la Sala del Gran Pozo y le habíamos dedicado unas horas a la búsqueda de la Galería de la Myotte. Así pues el domingo nuestro objetivo era encontrar esa huidiza galería.
Unas dos horas después estábamos en la zona, vía las, así llamadas por nosotros, galerías del Quinto Nivel. Después de dar varias vueltas por los laminadores arenosos cercanos a la sala encontramos varias galerías laterales que nos llevaron bien a puntos ya conocidos por nosotros, o a galerías colgadas sobre la principal o a ratoneras impracticables. Unas cuantas vueltas más por la zona nos permitieron localizar el agradable vivac V montado sobre una zona plana y arenosa.
A estas alturas había comenzado a dolernos la cabeza; llevábamos varias horas buscando. Mavil lo achaco al madrugón que yo le había dado (¿¡!?) y yo, sencillamente, a la frustración. O más bien a la falta de ideas atractivas para poder proseguir la búsqueda. Nos quedaba mirar más a fondo lo que ya habíamos mirado la vez anterior o que la flauta tocase sola... e increíblemente la flauta toco solita.

Nada más entrar en la Myotte se nota un cambio de onda. Mavil decía que le resulta tenebrosa e impresionante. A poco tiempo del comienzo de la galería, sobre un desfonde muy oscuro y estrecho, se encuentra el pasamanos de la Myotte. Aparte de ser espectacular como pasaje, las paredes exhiben un manto continuo de corales. Y esto es así durante unos cincuenta metros a lo largo de la galería. Literalmente no hay donde pisar si no pisas los corales. Un centenar de metros más allá se acaban las dificultades de cuerda y la galería toma un cariz mas suave aunque sigue guardando grandes diferencias con las otras grandes galerías de la zona. Es más encañonada que cualquier otra.
Después de un neto cambio de rumbo -de SW a W- y de pasar varios grupos de formaciones, llegamos a una acumulación espectacular de estalagmitas blancas gigantes. Allí decidimos dejarel avance y comenzar la vuelta. Para despedirnos hicimos unas cuantas fotos.

A las cinco partíamos del vivac I hacia la salida después de haber ordenado y limpiado el depósito de víveres y el campamento. Mavil quería quedarse en el vivac I a dormir para salir al día siguiente. Le dolía la cabeza y estaba cansado. Se tomo dos pastillas de paracetamol y eso le animó. No tuvo ningún problema más, salvo el lógico cansancio después de dos intensos días de trabajo en la cueva. A las siete y media emergíamos de buen humor. Nos esperaba una tarde de nubes y claros que me recordó más a la primavera que al otoño incipiente. Un rato después nos preparábamos para cenar en el restaurante de al lado del súper. Esta vez lo celebramos de verdad con chuleta de vaca, ensalada, patatas fritas, entremeses calientes y postres.
Deje a Mavil preparando sus próximas incursiones y excursiones en el valle de Soba. Los paisanos de la zona ya le conocen bien aunque, por lo reservados que son, no sabemos lo que piensan de este extranjero que pasa tanto tiempo al año en sus tierras...
En mi camino de vuelta a casa tuve que sortear las castañas caídas en la carretera, quizás algo tempranas, poco antes de llegar al cruce de Arredondo...

Quinto Nivel

Quinto Nivel (20-21-22-23/8/2009)
El martes Julio estaba decidido a entrar cuatro días en la red del Gándara. Pero el miércoles por la tarde me dijo que se le habían liado las cosas. Miguel hizo un esfuerzo por encontrar sustitución en su trabajo de medico en Balmaseda. Pero no estaba el horno para bollos. Manu tomaba vacaciones la última semana de agosto y no le era posible escaquearse. Así pues las cosas la expedición quedo definida como Mavil, Joaquín y yo.

El miércoles -y el jueves por la mañana- se perfilaba como tiempo para los preparativos y las compras de los últimos detalles. Joaquín tenía un problema. Su saca era de 40 litros: imposible meter todo el equipaje en ese volumen. Intentamos, sin éxito, contactar con la tienda de Alfredo en Ramales. Llamamos a varias tiendas, fuimos a Forum y a Decathlon. Finalmente Joaquín consiguió una saca grande en K2 de Torrelavega, la tienda del Garri. Me pasé por el Corte Inglés para conseguir una lata de carne Corned Beef y lo que cayese. Mientras tanto nos dedicábamos a comer, cenar y desayunar espaguetis con callos y menús similares. Hacíamos acopio de alimento como camellos que van a cruzar el desierto; lástima que no tuviésemos una giba plegable.

El jueves, tras la sobremesa, abandonamos Setién. A las cinco entrábamos en la Cueva del Gándara. Por el camino descubrí que alguien había cagado justo bajo las excéntricas de la Sala del Ángel. Me quede estupefacto mirando la mierda. Si hubiese podido se la habría hecho comer al mongolo que la cagó.
Más o menos a las ocho llegábamos al vivac. Para los armarios que transportábamos podía considerarse un excelente horario. Una desagradable sorpresa nos esperaba allí: a estas alturas del verano el arroyo cercano al vivac estaba seco como polvo de tiza. Tuvimos que hacer una expedición con todas las botellas que pillamos hasta el río más cercano. Éste, que fluye hacia el este, se encuentra, ida y vuelta, a más de media hora del campamento por un enrevesado camino entre bloques.
Comencé la dieta varios-días-de-cueva: sopa, puré de patatas con carne y postre. Joaquín seguía un menú similar. Mavil, sin embargo, nos asombro con su menú a base de bocadillos y barritas energéticas exclusivamente. A la postre eso le pasaría factura el tercer día de estancia.

Joaquín puso su reloj de pulsera para que sonase a las seis y media del viernes, pero nadie lo escucho y nos levantamos a las siete. Antes de las ocho salíamos del campamento rumbo a Anestesistas. Por un inverosímil camino alcanzamos esa galería. Desde un punto característico subimos a otra galería superior y a través de una minúscula gatera nos desviamos hacia una tercera galería llena de bellas excéntricas. Finalmente localizamos nuestro primer objetivo: instalar un pozo corto para cortocircuitar la liosa ruta hacia lo que consideramos el quinto nivel de la cavidad. Nos turnamos los tres para picar spits pero la instalación nos llevo varias horas. En el entreacto Joaquín y yo almorzamos.
Las grandes galerías del quinto piso me produjeron un asombro tan grande como la primera vez que estuve allí. Son del mismo calibre que las galerías de Anestesistas y discurren bastante cerca de éstas. Me es difícil entender como se ha formado un volumen de cavernamiento tan grande en tan poco espacio. Porque los ríos que formaron esas galerías tuvieron que ser contemporáneos en el tiempo y llevar un caudal tremendo. De cualquier forma es un placer recorrerlas. Tomamos una bifurcación, marcada por los franceses con un hito muy llamativo, que nos llevo a una galería paralela la cual, poco después, volvía a la principal y, posteriormente, a una sucesión de pequeñas salitas rellenas de algodón fibroso.
Al final del recorrido de un arroyo terroso y fósil nos encontramos dos posibilidades: a la derecha una gran galería llena de bloques que ya había recorrido la otra vez que estuve en esta zona; a la izquierda un meandro desfondado. Una instalación sencilla nos llevo al suelo del meandro unos quince metros más abajo. A pocos minutos por éste meandro entramos en una sala redonda de vastas dimensiones ocupada totalmente por un espectacular pozo concéntrico. Las repisas que bordeaban el pozo -de bloques y graveras- eran delicadas de recorrer en algunos puntos. En la orilla opuesta del pozo nos metimos por el comienzo de otra gran galería hacia el sur. Una desviación, por otro nuevo meandro estrecho y alto, nos llevo hasta una galería modesta llena de hermosa arena cristalina y blanca. Por esta galería, y hacia el oeste, volvimos a un punto ya recorrido. Empezábamos a estar algo cansados –quizás confusos- y nos permitimos un rato de reflexión. Además hacia falta repostar agua para los carbureros. En ese momento pasábamos por un momento de moral baja.
Desde la Sala del Gran Pozo tomamos una galería en la que se oía ruido de agua. La galería desfondaba en un pozo amplio de más de 80 metros de profundidad. Por el lado opuesto desembocaba un arroyo. Sin embargo para llegar al agua anduvimos medio kilómetro, o más, por una zona muy amplia, hasta una playa de guijarros. Tras la merienda proseguimos hacia el oeste por un galerión que recordaba vagamente de hacía unos meses, aunque en aquella ocasión lo alcanzamos por otra ruta. El terreno era sumamente complejo y se necesitaban continuas escaladas y destrepes por los bloques para poder avanzar. Al alcanzar unos afluentes característicos -en una zona desagradable y barrosa- comenzamos la vuelta. A las once y media aterrizábamos en el campamento. En total habían sido quince horas de actividad. Dormimos como piedras aunque tuve algo de frío en los pies.

Eran más de las ocho y media cuando nos levantábamos el sábado. Mavil seguía muy cansado del día anterior así que optó por quedarse en el saco y descansar la mayor parte del día. Solo pensaba levantarse para ir al río a por agua. Intente convencerle de que se viniese; que íbamos a hacer una actividad más suave que la del día anterior... se lo presente de varias formas -más o menos atractivas- pero no hubo manera. En breve nos preparamos y después de desayunar abundante colacao con leche condensada, cereales y pan nos pusimos en marcha rumbo a la Sala del Gran Pozo.
La sala es un encrucijada de la que parten cuatro galerías hacia los cuatro puntos cardinales. Conocíamos la del norte –el meandrito-, la del oeste y la del sur; ésta última solo de forma parcial. Nuestro objetivo era la del este. En realidad había dos galerías hacia el este pero el día anterior habíamos comprobado que una de ellas era un cul de sac.
Unos veinte minutos después de iniciar el recorrido nos topamos con grandes paneles de flores de yeso en rincones acogedores. Antes habíamos tenido que ascender y bajar varias veces por zonas enrevesadas para seguir la avenida principal de la galería. Si no fuera porque iba acompañado por Joaquín me hubiera sentido tremendamente perdido en este hormiguero para dinosaurios. En realidad Joaquín es el compañero-espeleólogo ideal: fuerte, silencioso y bien despierto, con un natural agradable. Le suelen sobrar las palabras.
La galería gigante se fue transformando en un conducto más modesto que serpenteaba hacia el sur . Finalmente se convirtió en la típica galería rectilínea de la Red del Gándara con anchuras alrededor de tres metros y alturas mucho mayores. Una agradable sorpresa nos aguardaba. Tras un recorrido de medio kilómetro alcanzamos un punto que ya conocíamos en la galería de Anestesistas. Nos sentamos a comer. Pensamos, -ya que estamos aquí, lo más fácil es visitar todos lo que nos ofrezca Anestesistas-.
Primero fuimos hacia el este a lo largo de un kilómetro. Nos paramos en una confluencia que identifiqué como el lugar donde estuve con Julio hace meses. Un kilómetro más anduvimos hacia el este hasta llegar a unas zonas, si no colmatadas si muy estrechas, en donde dimos por finalizado este sector. Algo antes de este punto visitamos, de vuelta ya, un meandro sinuoso con marmitas fósiles y algunas escaladas de quinto grado.
Desde la confluencia volvimos unos centenares de metros hasta una trepada que nos elevo a otro ramal de Anestesistas o lo que fuese. Este se revelo más vasto que el anterior con grandes salas de derrubios formados por margas muy friables. Una roca malísima. Después de varias salas con cráteres, ocupados por este tipo de roca, descendimos de nuevo a un nivel de calizas entramado de conductos llenos de puentes y arcos. Tres galerías formaban un tridente de opciones. Por la derecha se ascendía a una sala de derrubios similar a las anteriores, por la izquierda se llegaba a una zona repleta de algodón y delicadas formaciones. Tuvimos un cuidado extremo al atravesar esta zona. Por el centro se puenteaba la zona de la izquierda, continuando la progresión varios centenares de metros hasta un sistema de coladas blancas con órganos. Por un estrecho paso en la base de una de las coladas pudimos llegar a un lago rodeado de formaciones de aragonito blanco. Un conjunto magnífico.
Finalmente escalamos hasta la parte más alta que pudimos. Se trataba de un volumen que forma una galería con su suelo formado por derrubios medianos, pero no independiente de la galería inferior. Avanzamos hasta que un balcón nos corto el paso. Abajo se podía observar zonas que ya habíamos transitado...
La actividad del día consumió unas diez horas. A la vuelta nos sorprendió la ausencia de Mavil aunque no tardo en volver procedente del río. Cenamos un calco de las noches anteriores. Pero esta vez me tome varios colacaos antes de empezar los platos sólidos. Antes de dormirme estuve haciendo algunas fotos del campamento con largas exposiciones.

A las tres y media de la mañana del domingo me desperté para orinar. Luego me volví a dormir. Soñé que Hombres norteafricanos comerciaban con habilidad en mi entorno. Trataban de venderme algún artículo sin valor para mí. Un conjunto de inquietantes quimeras, híbridos de distintos animales, nos invadían por doquier. Se me echaban encima y aunque no mordían eran como enormes sanguijuelas, pesadas como lastres. De pronto es el tiempo de que me llamen para mirar en lo profundo. Seres humanos amistosos y claros me invitan a ello. Entonces miro una puerta ; la puerta se abre en una millonésima de segundo y tras ella una avalancha de infinitas puertas se van abriendo en un pestañear de ojos. Me despierto en el sueño a otro sueño.
Una chica dulce y amorosa me ayuda a mantener el equilibrio tras mi anterior experiencia. Jugueteo como un niño pequeño. Me intento poner sus sandalias torpemente y terminan mojándose en un lago... Entonces despierto de verdad.
Estoy en el campamento 1 de la Red del Gándara. Sonrío dentro del saco. Tengo que hacer esfuerzos por no reírme a carcajadas...
Desayunamos consumiendo todo lo posible, ordenamos el entorno y dejamos algunos víveres en depósito. Partimos hacia la superficie con buen ritmo y a las once emergemos a un día resplandeciente. Onofre no se encuentra en la cita del cruce de La Sía. Vamos hasta el parking de los collados del Asón y echo un vistazo en el mirador repleto de ciclistas haciéndose una foto colectiva. Pero ni rastro de Ono. Su móvil está apagado o fuera de cobertura. Decidimos bajar a La Gándara donde lo encontramos apaciblemente en el Centro de Interpretación. Liquidamos la aventura con unas maravillosas cervezas en el bar de al lado. Mavil queda en su campamento, Ono y Joaquín parten hacia Murcia y yo me bajo hacia la costa cantábrica soñando con nuevas incursiones en la Cueva del Gándara...

Visitas Guiadas

Visitas Guiadas (17&18/8/2009)


Durante el verano el interior de Murcia es un infierno : Así opinan la mayoría de sus habitantes, es decir los murcianos, y, en consecuencia, en cuanto tienen la más pequeña oportunidad, emprenden la huída al verde norte. Primero llegaron Mavil y Esperanza y unos días más tarde Joaquín y Ono. Nos reunimos en Lomeña, cerca de Pesaguero, donde habíamos alquilado una casa rural. Los dos días siguientes los dedicamos a escalar algunas vías en Peña Cigal. Y a comer los deliciosos quesos que Mavil había comprado. Pero el domingo abandonamos Liébana y establecimos nuestro campamento en mi casa de Setién.
El lunes lloviznaba, había algún que otro cansado de las escaladas y, sobre todo, se trataba de realizar una actividad al alcance de todo el grupo. Decidí que fuéramos a La Hoyuca. Es una cueva muy cercana, bonita, sin complicaciones de cuerdas y con algunas gateras cortas y muy divertidas. En media hora Espe, Ono, Mavil, Joaquín y yo nos presentamos en el barrio de La Iglesia de Riaño.
Esperanza ya nos había avisado que sufría de un indeterminado nivel de claustrofobia. Sin embargo cuando vio la entrada de la cueva se negó en redondo a seguir. Mavil intento convencerla durante un par de minutos pero me di cuenta por su tono de voz que iba en serio. Quedamos en realizar una visita de unas tres horas y reunirnos con ella en el coche.
Los primeros conductos sorprendieron a mis acompañantes. Les conté algo sobre la estructura de la cueva y sobre sus exploradores, los ingleses enamorados de Matienzo. En el paso de la diaclasa, uno de los varios que permiten atravesar la laberíntica red de entrada, Ono se quedo atascado por la caja torácica. Afortunadamente existen otros pasos para alcanzar la red interior. Le lleve por un hermoso camino, con algunas pequeñas dificultades, pero sin estrecheces. Todos juntos recorrimos la amplias galerías zigzageantes hacia el sur.
Al llegar a la zona activa les di una pequeña lección sobre la morfogénesis de los entrelazados conductos de esta zona. Ono asistió a la lección con gran interés: creo que sería un gran alumno. A la altura de Quadraphenia abandonamos First River y tomamos su acceso a la derecha. Visitamos muchas galerías, algunas de ellas con bonitas formaciones. Puntos de topo recientes nos revelaron que los ingleses trabajaban en la zona y ,además, un pasamanos hacia un nivel superior parecía indicar nuevos desarrollos en la exploración de la cavidad.
Para salir elegimos otro divertido paso que conllevaba atravesar un meandrito ascendente, una gatera ortodoxa y un meandro desfondado. Poco después volvíamos a salir a la llovizna. En el entreacto Espe había contactado con los paisanos del lugar y visitado el bar del pueblo. Por lo que percibí los turistas espeleólogos no salieron demasiado entusiasmados de la cueva. Mavil llego a decir que no le había gustado. Quizás –es una lástima- hay una incapacidad en algunas personas para apreciar la belleza en la combinación de lo modesto y lo discreto. Se olvidan también de lo misterioso. Para mí La Hoyuca es una verdadera joya...

El martes amaneció un día agradable. Mavil se sentía cansado y se quedo tumbado en la tienda que habíamos montado para él bajo los cipreses y avellanos del norte de la casa. El resto del grupo fuimos a la Cueva de Tocinos, cerca de Ampuero. Tuve la corazonada de que Espe iba a entrar sin problemas en esta cueva. Marisa nos acompaño en esta ocasión.
Me deprimió observar las nuevas plantaciones de eucaliptos y la necesarias ampliaciones de la pista que conllevaban. ¿Nunca aprenderán los españolitos a apreciar y respetar el medio ambiente, a conjugar desarrollo y conservación, a hacer las cosas con armonía? Se pueden plantar eucaliptos, quizás es una necesidad, pero se puede hacer de forma que solo salpique débilmente el paisaje. Y lo de las pistas mejor no comentarlo.
A la boca de la cueva llegué un poco por intuición. Nunca voy por el mismo camino. La galería de entrada estaba muy resbaladiza, más que nunca. Íbamos descendiendo con mucho cuidado, mirándolo todo y haciendo fotos. A la entrada de la galería que cortocircuita el río a un nivel fósil hicimos una parada y Joaquín me acompaño a echar un vistazo a la parte alta y final de la galería transversal de entrada. Arriba del todo encontramos una acogedora capillita.
La galería fósil del cortocircuito es muy bonita. Paramos a hacer más fotos. El río que aguas abajo habíamos visto con un pequeño caudal, aquí presentaba una sequía total. Pudimos avanzar por la amplia galería sin mayor problema, salvo pequeños resbalones en los cantos rodados untados de barro. Bajo la segunda galería transversal hicimos un alto. Animamos a Ono y Espe para que trepasen al nivel de ese enorme conducto pero, finalmente, solo lo visitamos Marisa, Joaquín y yo. Hurgamos hacia el este hasta el final-final y llegamos a una zona colmatada de barro seco y tierra sin posibilidades de continuación. Había pocas huellas. También subimos hasta unas bellísimas formaciones en la zona oeste. Cuando volvimos intentamos sin éxito animar a nuestros compañeros a realizar la trepada pero no hubo manera.
Ya de vuelta a la galería del río -aguas arriba- empezamos a hablar de comer. Les dije que esperasen hasta llegar a la tercera galería transversal. Tuvimos que vadear varios pequeños embalses que habían subsistido a la sequía. Llegue unos minutos antes que el resto del grupo al cruce y eche un vistazo a la zona alta de la tercera galería transversal. Comimos algo liviano. Después Joaquín y yo visitamos el río aguas arriba hasta que se hizo necesario vadear profundos lagos.
Hicimos la vuelta a la superficie en mucho menos tiempo que la ida. Nos recibió un calor tropical. De primeras dudamos entre cocinar o irnos a un restaurante. Era media tarde, tiempo de nada. En un hiper a la entrada de Laredo realizamos una gran compra de pescado, langostinos, cervezas y aperitivos. Esa noche nos pusimos moraos para celebrar las últimas actividades...